Siempre me pareció engrupida la gente que encontraba que ciertas canciones las representaba. Y más engrupida aún la gente que le “prepara discos” a sus hijos. No con música de guaguas onda Efecto Mozart, sino con las canciones que a ellos les gustan y que, se supone, les van a gustar a sus bebés cuando nazcan.
Una amiga me mostró una vez el compilado que le armaba a su futura hija (tenía cuatro meses de embarazo, al ritmo que iba le iba a tener una Feria del Disco propia en la pieza). Y eran puros grupos neoislandezes (o algo así) que cantaban unas cosas ininteligibles en un idioma como de gangozilandia. Después me mostró los títulos y, les juro, que nunca vi tanta consonante junta en una sola palabra.
Y sí, la música era linda, pero si la cría escuchando eso yo creo que le va a tener que poner litio en la mamadera.Y yo, que no sé nada de música, al final encuentro que lo que cantan ellos son mejor que cualquier compilado para guaguas hecho por papás musicólogos. O peor aún, por expertos en educación. Esas tonteras de Baby Beethoven o Baby Beatles o Baby Michael Jackson (miedo) que suenan todas como ringtones y que, por lo menos a la Julieta, nunca le han gustado nada.
Al final como que ese repertorio de canciones infantiles mamonas son la verdadera “banda sonora de nuestras vidas”. De hecho me he pillado no pocas veces tarareando Mazapán en la oficina o en la calle.
Y, a pesar de mi voz de tarro, igual me sé un par de canciones de cuna para hacerla dormir esta y otraQue son las mismas que le canto desde que era muy chiquitita, y lo hago siempre en el mismo orden una y otra vez hasta que se duerme. Y creo que a pesar de que son las que más ha oído, todavía no se las sabe de memoria. O quizás sí, y yo no lo sé.

